AQUELLOS AÑOS MARAVILLOSOS

Dicen que todo tiempo pasado es mejor. Tiene sus contradicciones pero parece que es verdad. En mi tierra han pasado tantas cosas que menos mal que la mente recuerda sucesos o acontecimientos que vale repasar y comprobar que efectivamente el pasado es mejor que ahora.
Recuerdo que cuando mi papá tenía mucho trabajo, mamá nos mandaba con el portaviandas llevando la comida el viejo, ahora basta una llamada telefónica para saber si está en el trabajo o no. Si caíamos enfermos nos cargaban en camilla al hospital, ahora es más práctico por que lo que más abunda en la ciudad es el taxi. Para hacer la tarea teníamos que caminar cuadras y cuadras a la casa del compañero o estudiar debajo de los postes ya sea en Burgos, Plaza Mayor o Santa Ana; ahora vas al Internet, copias el trabajo y lo presentas al profe como tuyo y te sacas veinte de nota.
Antes me acuerdo que todos los niños sabíamos y estábamos pendientes de los juegos en la ciudad. Para tishnarnos la cara con betún o grasa de carro era febrero en carnaval. Cortábamos una llanta vieja, un pedazo de carrizo y alambre grueso y ya teníamos nuestro aro y prosas corríamos por la ciudad. Luego venía el juego de la rayuela, el trompo, el salto del Melo, las escondidas, a la mamá y al papá, al doctor y la enfermera, elevar las cometas en el colorao y surrucarse sobre un cartón grueso en las bajadas de la carretera a Mendoza. Ahora, es el play station, el Internet, las Barbie y los juegos electrónicos.
Antes teníamos que salir a la plaza de Burgos, Plaza de Armas y Santa Ana para ver la televisión cargando nuestras silletas y bien abrigado con nuestros ponchos y chalinas. Nuestras viejas veían a Lucía Méndez, nosotros el fútbol o Disco Club (que repetían las mismas canciones todos los años y días) pero como zonzos seguíamos viendo y hasta tatareábamos por que sabíamos de memoria que cantante venía. Ahora con el control remoto hacemos zapping para escoger entre más 60 canales de televisión.
Antes salíamos a chibatear desde muy temprano, lacan lacan íbamos por las calles al encuentro de la collera a jugar fulbito con los otros barrios, la apuesta un capri de chicha de jora con su sarta de tamales en Doña Rosalía y nadie se preocupaba por ti. Ahora, los hijos no salen de casa por ver televisión y si salen a la media hora pasamos a buscarlos o averiguar con quien o con quienes está ya sea por teléfono o mensajes al celular. Ahh, antes salíamos a la calle y tenías que estar a determinada hora en la casa, sino el san martín, la manguera o la penca estaban listitas para la “lomiada”. Ahora llegan a la hora que les da la gana y vuelven a salir.
Antes te dolía la cabeza o la barriga, en la casa estaba la curiosa que te traía una infusión de supsacha, de toronjil, te sobaba la panza con aceite de bullín y listo. Ahora para un pelo o un pedazo de uña raudos vamos a cualquiera de los hospitales o clínicas particulares y gastar un shunto de plata en las cadenas de farmacias. Y si tu muchillo se enfermaba por la “cuyada” los llevábamos a la comadre para que lo pase el huevo, el cuy o lo zarandee en el paño de manos, amarrado previamente con fundas igual que las momias. Antes el hijo cuando se meaba tenías que cambiarlo el pañal de tela y las puntas y lavarlo con lejía o almidón para que esté listo al día siguiente, ahora compras los descartables y no te haces bolas; pero lo bueno es que te enseñaba a lavar tus propias cosas y no ser un simple observador y lo malo a que tu mano se ampollaba por la falta de costumbre.
Puede que todo tiempo pasado sea mejor, pero se tiene que entender que la vida es sinónimo de cambio. El cambio, la evaluación depende mucho de cada uno. Nosotros hacemos que las cosas sean mejores o peores. Decía Galileo Galilei, que el tiempo no pasa, nosotros pasamos por el tiempo y depende como vivimos y hacemos las cosas para dejar huella en ese espacio de tiempo que hemos vivido.
No puedo decir que me quejo del presente, pero si por un instante tendría la oportunidad de elegir, me quedaría en el pasado. Esa pasado de la palomillada sin malicia, de la solidaridad sin condiciones, de la amistad sin ataduras y de la tranquilidad que nos da la vida de vivir en una tierra bendecida por la mano de Dios como es Chachapoyas.



