
Cuando el 8 de diciembre de 1891 se abren las puertas en tierras peruanas el oratorio salesiano, entre cientos de niños del Rímac que participaron de los juegos con los sacerdotes salesianos, hubo un niño pequeño, tímido que con el tiempo sería uno de los sacerdotes y obispos peruanos de mayor trascendencia: OCTAVIO ORTIZ ARRIETA.
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