(ARTURO MORI HIDALGO)

El contrafuerte del flanco occidental del Imasa dejando las tierras de Jumbilla se bifurca, y encierra entre sus brazos a la bella y jubilosa campiña que alberga a la ciudad y a la laguna de Pomacochas. Los elementos naturales del paisaje de la sierra, la selva y del ande, se complementan en maravillosa sinfonía, para ofrecer al turista uno de los más hermosos rincones del nor-oriente  peruano.

La serena majestad de los bosques que coronan los cerros del contorno; el glorioso florecer; las espejeantes ondas de la laguna, enmarcada entre bosques de totora; la alfombra de los prados donde pacen alegres rebaños; la cinta de plata de la Marginal de la Selva que ciñe como vincha la melena del follaje, todo bajo un cielo, con encantos de sierra y de selva, forman un cuadro de eximia pintura, un lugar del ensueño y la belleza.

Cantarinas fuentes que bajan de las montañas discurren un trecho como sierpes de plata y llegan con su tributo a la laguna.

Un alegre y lozano verdor invade las calles, los caminos, las cercas de las chacras y los pequeños y rocosos montes. Aquí en vastos campos tapizados de césped retozan manadas de ganado vacuno, lanar y caballar; allá, las chacras de maíz, de papas, de verduras, poblados con los trinos de miles de gorriones, canarios, zorzales, huanchacos, etc. y del arrullo de bandadas de palomas y torcazas; más allá, el verde lila de los alfalfares; y, en lontanza por las faldas de los cerros; suben ondeando los rubios trigales hasta tocar los bosques de cedros y caobas que coronan los montes que sirven de bastidores a la campiña.

A dos cuadras de la laguna, la ciudad de Pomacochas emplaza sus casas, de paredes de adobes y techos de tejas y calaminas. En el centro se halla la plaza, rodeada de edificios de erguidas y albeantes fachadas, entre los cuales destaca su soledad el centenario templo, con sus líneas arquitectónicas borradas por el tiempo.

Los habitantes, en su mayoría de raza aborigen, son gente sencilla, alegre, laboriosa y hospitalaria. Ellos viven del cultivo de la tierra, la explotación de la madera, la cría del ganado y tienen en la laguna un medio de distracción y una vía de comunicación con las tierras y bosques de las márgenes opuestas. Los pobladores, ante la sugestión y el encanto que origina en sus espíritus la presencia del pequeño lago, a menudo pierden el sentido de la realidad y navegan en flotillas en ensueño por los mares de la fantasía y de la quimera.

La laguna con su marco de bellos bosques de totora y de junco parece una inmensa guitarra de plata, cuyos bordones según la leyenda pulsan las sirenas que viven en el fondo de las aguas, en palacios encantados.

En la pequeña rada que sirve de puerto se balancean, al rítmico vaivén del oleaje, decenas de canoas y de botes. En éstos, los pobladores, como expertos bogas, cruzan la laguna con rumbo a los sembrados y los bosques de la otra orilla. Los pequeños bajeles, al impulso de los remos, se deslizan al ritmo de las olas, dejando espumante estela, hasta perderse en azules lejanías.

Frecuentemente, cuando la calma de las aguas es rota bruscamente por los vientos que llegan con las tempestades, la laguna se alborota y levanta furiosa, gigantescas olas que amenazan echar a pique a las frágiles embarcaciones, pero la pericia de las veteranos bogas sortean con audacia los peligros y llegan tranquilos al puerto.

La laguna ofrece al turista los más sugestivos cuadros por los cambiantes tonos de las aguas que riman con los colores que toma el cielo durante el curso del día. Con cielo, impecablemente azul, es una turquesa gigante en cofre de esmeralda; pequeño lago de estaño o de azogue con cielos de topacio y terciopelo blanco; lago de coral  en las cárdenas alboradas de carmín y escarlata en los incendios del ocaso; y negro azabache con cielos cubiertos de negras nubes preñadas de tempestad.