UNA HISTORIA MÁS DE NAVIDAD

Dicen que los años cuajan a las personas. También afirman que los recuerdos alimentan las existencias de los viejos. No soy viejo que digamos, pero cuando la Navidad toca las puertas de nuestros corazones, se aviva el fuego de la nostalgia, de la añoranza y hasta de la soledad.
Soy el mayor de los varones. Querido de mi padre que me compraba todos los juguetes existentes en mi tierra: Un carro, una guitarra, un rondín, un tucán que se murió de tanto comer plátano, dos buitres marrones enjaulados (criados por la dueña de la casa) como mascotas son los recuerdos de mi infancia. Recuerdo que las navidades de aquellos años, era de una alegría sincera, los niños nos contentábamos con casi nada. Si había juguetes diversos, nos lo daban haciendo largas colas en el estadio por parte del Club de Leones. No recuerdo mucho cuando llega con fuerza el panteón; pero si el bizcocho con su chocolate, tampoco recuerdo el ingreso del pavo al horno a nuestras casas; pero si el pollo frito, unos villancicos de Ángel Alvarado y las pastoras en Burgos. Una vez hice de viejo. Tuve tanta vergüenza que no salí de casa hasta pasado el año viejo. No sabíamos de Papá Noel. Ese gordo vestido de rojo y blanca barba que se hizo famoso por la televisión. Sabíamos que esa noche de navidad, los niños jugábamos hasta tarde a las escondidas en las huertas llenas de pencas y ancucashas, de árboles llenos de nogal, de capulí y hasta de Lope. De nacimientos hechos con hurango, helechos, salvaje y huicundos.
Esas historias buenas se distancian a la época de la universidad donde muchas navidades la pase completamente solo. Sólo con un panteón y un champagne que fue un regalo en mi primer centro laboral a los 19 años. Esa noche tibia limeña me embriagó con el champagne y los recuerdos. Recuerdos de aquella casa grande de adobes y tejas rojas y hasta rotas por el tiempo. De aquel entablado que chillaba cuando a pie juntillas subía a mi cuarto para no despertar a los viejos. De mi cuarto chiquito color amarillo, lleno de libros, de papeles a medio escribir y revistas a medio leer. De esa huerta llena de repollo, col, zanahorias y frijol, de aquel viejo fotógrafo que llegaba tarde a casa a jugar casino con la vieja (receta que hasta hoy la practican). De mis hermanos chiquitos en el colegio. De los patas, de la collera y de alguna amiga de la adolescencia que se quedaba con la esperanza de volvernos a encontrar. ¿Una lágrima?, que va, muchas se derramaban cada navidad celebrada solo acompañada de los recuerdos y esos recuerdos te marcan y te dejan huellas profundan que no se borran.
Hoy con hijos adolescentes en la universidad y el colegio, se opaca el pasado ante la unidad que representa el presente. Cuando mañana sea el momento de la cena, tendré el honor de tener a mis padres en casa y a la familia completa. Esos recuerdos del pasado, quizá afloren en el inconsciente pero el orgullo por estar en casa, hará que de las lágrimas pasemos a las emociones, a los abrazos a los parabienes y a los mejores deseos para nosotros e imaginariamente para el mundo…
Como todos sabemos, la Navidad representa la cúspide de las emociones sociales en la humanidad, principalmente en todos los países donde se celebra el nacimiento de Jesús. Permítanme estimados amigos, hacerles llegar el mejor de los deseos para cada uno de ustedes. Quizá sea un ser privilegiado de contar con este medio y escribir libremente como muchos quisieran hacerlo. Al amparo de esa libertad, he violado la intimidad de sus correos para mantenerlos informados sobre la tierra que nos vio nacer y es la razón de nuestras existencias. Al amparo de esa libertad, levanto mi copa imaginaria y extiendo mis brazos para desearles de todo corazón UNA FELIZ NAVIDAD. Qué cuando caiga el manto de la noche del 24, nos encuentre unidos y que al mismo tiempo, sea motivo para elevar una oración al infinito y roguemos para que todos tengan dicha y paz, ya que la felicidad nunca será eterna.



